viernes, 13 de enero de 2012

GERARDO DIEGO. PREMIO CERVANTES 1979. OTRO POETA DE LA GENERACIÓN DEL 27.

Premio Cervantes 1979
GERARDO DIEGO
Poeta y crítico español
(Santander, 1896– Madrid, 1987)
Al tiempo que realiza sus primeros estudios, comienza el aprendizaje de la música. En
1912 se matricula en Filosofía y Letras en la Universidad de Deusto, donde conoce a
Juan Larrea y se inicia una fructífera amistad. Finalizada la carrera, se doctora en
Madrid con un sobresaliente que le otorga el jurado compuesto por Ramón Menéndez
Pidal, Manuel Gómez Moreno y Américo Castro. Fue catedrático de Lengua y
Literatura en Institutos de Soria, Gijón, Santander y Madrid.
Se le considera uno de los principales seguidores de la vanguardia poética española;
sus primeras colaboraciones literarias fueron en Grecia y Cervantes, revistas ultraístas
en las que también colaboraba Borges.
Participa, en 1927, por invitación del torero Ignacio Sánchez Mejías, en el Ateneo de
Sevilla en la conmemoración del tercer centenario de Góngora, que origina que se
llame generación o grupo del 27 a los poetas que lo festejaron. En ese mismo año,
publica su Antología poética en honor a Góngora. Desde Lope de Vega a Rubén
Darío. En Santander dirigió dos de las más importantes revistas del 27, Carmen y su
suplemento Lola.
En 1932 publica Poesía española. Antología 1915-1931, que da lugar a una gran
polémica, donde da cabida a maestros consumados junto a jóvenes poetas. En
opinión de algunos, es el primer estadio para la consolidación de un grupo
generacional del 27. En 1934 aparece su Poesía española. Antología
(contemporáneos) y se repite la polémica. Al mismo tiempo inicia sus tareas como
crítico musical en varios diarios.
Algunos años antes, en un viaje que hace a Madrid, descubre el creacionismo de
Vicente Huidobro. Da algunas conferencias o lecturas de poemas con sus tesis
vanguardistas, en las que se organiza algún escándalo. Diego representó el ideal del
27 al alternar con maestría la poesía tradicional y la vanguardista, de la que se
convirtió en uno de los máximos exponentes durante la década de los años veinte. Él
mismo ha dicho: "Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el
campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me
extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha, y me torne más loco el
capricho de volver a hacérmela -nueva - para mi uso personal e intransferible".
En 1934 se casa, en Toulouse y en Sentaraille (boda civil y religiosa), con la estudiante
francesa Germaine Marin, que habría de ser su compañera inseparable durante toda
su vida. La guerra civil española de 1936 le sorprende en Francia durante unas
vacaciones. Como católico practicante acepta la sublevación como un “plebiscito
armado”, siguiendo el ejemplo de los cardenales, arzobispos y obispos en la carta
colectiva del episcopado español, lo que le valió algunas enemistades. Cuando
regresa a España, se reincorpora a su cátedra, trasladada al Instituto Beatriz Galindo
de Madrid.
Se inicia en el mundo de la poesía con tres libros, escritos en 1918, de gran sencillez y
grata musicalidad: Iniciales, El romancero de la novia y Nocturnos de Chopin. Es León
Felipe el que lo lleva a la casa de Juan Ramón Jiménez, quien le ayuda a publicar su
Romancero de la novia, en cien ejemplares. En la poesía tradicional recurre con
frecuencia al romance, a la décima y al soneto. Los temas son muy variados: el
paisaje, la religión, la música, los toros, el amor, etc.
Los mejores libros dentro de esta vertiente tradicional son, sin duda, Versos humanos
(1925), por el que obtiene el Premio Nacional de Literatura en ese mismo año –ex
aequo con Rafael Alberti-, y Alondra de verdad (1944). Ambos libros incluyen sonetos
de gran perfección técnica como “El ciprés de Silos”, considerado por muchos como
una de sus mejores composiciones, o “Giralda”, “Insomnio”, “Revelación”.
El espíritu vanguardista del poeta está presente en varios libros: Evasión (1918-1919),
considerado ultraísta; Imagen (1922) y Manual de espumas (1924), ambos adscritos al
creacionismo; a este tipo de poesía alude el poeta cuando afirma: “Creer lo que no
vimos dicen que es la Fe; crear lo que nunca veremos, esto es la Poesía”. Está
igualmente presente en Fábula de Equis y Zeda (1926-1929), escrita en pleno fervor
gongorino y Poemas adrede, en donde se hace patente la influencia del surrealismo y
el intento de aunar la expresión tradicional con la vanguardista; surrealismo que
alcanza también a algunos de los poemas de Ángeles de Compostela (1940).
En sus libros posteriores sigue manifestándose la aguda sensibilidad, para la belleza y el
sentido musical, que ha presidido siempre el quehacer poético de Gerardo Diego.
Dentro de sus libros de “paisajes” destacan Soria (1923), Paisaje con figuras (1956), Mi
Santander, mi cuna, mi palabra (1961) y Vuelta del peregrino (1966). Su lírica amorosa
se concentra en libros como Amazona (1956), Amor solo (1958), Canciones a Violante
(1962). La lírica religiosa está recogida en Versos divinos (1971) –obra que incluye el
libro juvenil Víacrucis (1931), donde hallamos décimas elaboradas, pero llenas de
esencias populares.
La afición de Diego por la música origina una de sus grandes composiciones: Preludio,
aria, coda a Gabriel Fauré (1967), en la que ha sido capaz de trasmitir con sus versos la
fuerza expresiva de la música. Y de su pasión por los toros dan testimonio los libros La
suerte o la muerte (1963) y El cordobés dilucidado (1966).
Por su libro Paisaje con figuras le es concedido, otra vez, el Premio Nacional de
Literatura. Gerardo Diego, que fue profesor, crítico literario, musical y taurino, fue
nombrado miembro de la Real Academia Española en 1974. Se le concedió el Premio
Cervantes en 1979, compartido con Jorge Luis Borges.

De poemas ADREDE (1941-1943):
No estÁ el aire propicio
No está el aire propicio para estampar mejillas.
Se borraron la flechas que indicaban la ruta
más copiosa de pájaros para los que agonizan.
Se arrastran por los suelos nubes sin corazón
y a la garganta trepa la impostura del mundo.

No está el aire propicio para cantar tus labios,
tu nuca en desacuerdo con las leyes de fisica
ni tu pecho de interna geografia afectuosa.
Las tijeras gorjean mejor que las calandrias
y no vuelven ya nunca si remontan el vuelo
y aqui en mi cercanía tres libros se aproximan,
abiertos en la página donde muere una reina.

Qué dulce despertar el del amor que existe
y qué existencia clara la del ojo que duerme,
velado por las alas remotas de los párpados.

Pétalos de difuntas miradas, llueven, llueven
y llueven, llueven, llueven. Me sepultan los pies,
las rodillas, el vientre, la cintura, los hombros.
Van a enterrarme vivo; van a enterrarme vivo;

No está el aire propicio para soñar contigo.



CEREMONIA DE ENTREGA DEL PREMIO CERVANTES 1979
Discurso de GERARDO DIEGO

- 1 -
Majestad: Entre mis vicios habituales no figura el de la ingratitud, y mis primeras
palabras han de ser para ahuyentar su espectro monstruoso. Recibir de vuestras regias
manos el Premio Miguel de Cervantes 1979 me parece un sueño, un sueño durmiente, y
el comprobar que no es eso, sino un sueño despierto, tan inverosímil como es
inmerecido el honor que representa, me llena de confusión estupefaciente.
Y a vuestra Majestad, Reina Sofía, mi más profundo reconocimiento y renovado gozo
por veros también aquí como lo que siempre habéis sido para mí, como un ensueño.
Sin juramento me podéis creer que quisiera que este breve discurso fuese discreto y
juicioso y lo más digno posible de quienes recibí su honrosísimo encargo, de las
Majestades y excelencias que hoy nos presiden y del cultísimo auditorio que en esta
gloriosa reliquia de todas las Hispanias de España se ha congregado al solo nombre de
Miguel de Cervantes, árbol de sombra inmensurable. La alteza del motivo disculpará tal
vez mi presencia aquí.
Pero no es sólo la excelsitud del acto, sino su evidente, su urgentísima necesidad, su
oportunidad inaplazable. Porque venimos, más aún que a ensalzar a Cervantes, a
glorificar la que fue y es su obra maestra, a unificarla, a defenderla, a premiarla en sus
cultivadores más abnegados. Porque esa obra se llama, sí, El Ingenioso Hidalgo Don
Quijote de la Mancha, pero abandera una sinónima que es de todos y para todos los que
tuvimos la dicha de aprender a hablar en su propia y perpetua cuna, llamada por eso
Lengua de Cervantes, Lengua Castellana o Española, el Español.
El año 1980 puede y debe ser año de Quevedo, y el próximo, el 81, año de Calderón,
como el 79 ha sido el de Gabriel Miró. Pero el año de Cervantes no existe, porque a
partir de 1605 todos los años son suyos y todos los años tenemos que hablar juntos,
velar juntos, rezar juntos cuantos vivimos, escribimos, poetizamos, soñamos la lengua
de Cervantes, tenemos que desfazerla para volver a fazerla, a un tiempo fecha y
desfecha, a la vez historia y pervivir, presente absoluto y universal de toda nuestra
redonda familia que gira sin cesar sobre su eje para que nunca se ponga el son en su jota
central ni en su pareja de vocales espejeantes: eje, hijo, hoja, ojo. Y al margen de estas
faces vocálicas, simétricas, capicúas o no, las otras interjectivas, de rompe y rasga,
sanchopancescas frente al quijotismo de las primeras. Cómo suenan aja, ujo, ajo. La
más expresiva, simbólica de todas por arcaica, novísima e infalible, es oja, con hache y
sin ella, porque la lengua es ante todo fonética.
Una lengua muere de su vida y vive de su muerte, inspira, respira, esto es, alienta,
vegeta. Lo cató y lo dedujo -ujo, ujo, escaramujo- el hombre medieval, por ejemplo

- 2 -
Hurtado de Mendoza el Viejo, lo filosofó y poetizó el renaciente. Ejemplo que me trae a
la memoria la fuerza del consonante el maestro Fray Luis de León, tan querido por
Miguel de Cervantes:
Recoge ya en el seno
el campo su hermosura, el cielo aoja
con luz triste el ameno
verdor y hoja a hoja
las cimas de los árboles despoja.
Todos los años, primaveras, otoños, son el año de Cervantes. Y por eso Miguel remuere
todas las primaveras para renacer todos los otoños y cantar quijotesco contrapunto a la
infinita melodía vegetal. Y esto no es quitar una mota de nobleza ni de originalidad a la
perpetua primavera de Garcilaso, ni al frondoso verano de Lope, ni a la otoñada sazón
de Gracián, ni al invierno soterraño de Jorge Manrique, ni a la divina parla de santa
Teresa ni a la música callada de su discípulo y maestro san Juan de la Cruz. De un modo
o de otro, la caída de la hoja la sintieron todos en sus pulsos. Góngora:
Yacía la noche cuando
las doce a mis oídos dio
el reloj de las estrellas
que es el más cierto reloj.
Calderón: De su pareja de sonetos de "El Príncipe Constante" el más famoso es el de las
flores, "Éstas que fueron pompa y alegría". Antonio Machado le combate (y a los poetas
españoles conceptistas de 1922 a 1935), sin darse cuenta de que arroja piedras contra sí
mismo, como el "Señor San Jerónimo" de su copla:
Suelte usted la piedra
con que se machaca.
Me pegó con ella.
Él era entonces el enfático y barroco y no nosotros. Pues Calderón asciende a la más
sublime poesía en el soneto de las estrellas, réplica al de las flores.
Esos rasgos de luz, esas centellas...
flores nocturnas son; aunque tan bellas
efímeras padecen sus ardores.
Pues si un día es el siglo de las flores
una noche es la edad de las estrellas.
Y finalmente podríamos presentar otros ejemplos de pulsaciones barrocas en Quevedo,
Villamediana, Bocángel, Domínguez Camargo y tantos más hasta perdernos en la cifra
amanerada del siglo XVIII.
Jorge Luis Borges y yo hemos sido premiados -lo diré con un latinajo que la jerga
deportiva ha hecho aún más popular- ex aequo. El Jurado llegó al parecer a un atasco en
su deliberación, y su Presidente, el Ministro de Cultura, al no poder desatar el nudo, no
quiso cortar por lo sano, sino curar y empalmar piel adentro. La terapéutica propuesta
quedó aprobada por unanimidad e implicó una ventajosa consecuencia, la duplicación
- 3 -
de la recompensa. Ahorremos otro proverbio, esta vez de Teología, y felicitémonos. Y
este juicio, más que salomónico sanchopancesco, me pone en el brete -exacto, justísimo,
de plutarquismo y paralelo- de lo que el destino venía amagando para la vida y obra de
dos amigos a lo largo de sesenta años.
Pero no sin recíproca felicitación entre el argentino y el español, por ser inocentes uno y
otro de la ocasional herejía. Conviene que haya sido así. He dicho amigos de sesenta
años porque son los que median entre 1920 y 1980. En nuestras conversaciones
radiofónicas y televisuales o teleinvidentes de estos meses ha sido Jorge Luis, de más
precisa y feliz memoria que yo, el que ha clavado fecha y circunstancia concreta,
exacta, de nuestro primer encuentro: Madrid, 1920, tertulia nocturna del café Colonial.
Yo añado mi recuerdo simultáneo, charla diurna en una cervecería de la plaza de Santa
Ana. Borges rememora que ya se declaraba quevedesco. Yo más bien pregongorino.
Ocho años después me tocaba el turno frayluisiano. Y el Maestro de Salamanca lo fue
de todos y para todos en meses que culminan durante mi residencia en Buenos Aires
(con los breves paréntesis orientales -ya sabéis, uruguayos-). Entonces sí que hablamos
más que sedentes, peripatéticos, por las largas avenidas y veredas de conventillos, a tres
leguas diarias, por término medio, de esa ciudad que tan pronto se le incrusta a uno en el
corazón. Y tantos temas nuevos. Lugones, Darío, Macedonio en sus maravillosos
laberintos, Machado el bueno y Machado el hermano, Alfonso Reyes, Fernández
Moreno, Ricardo Milinari, José Hernández, Delmira, Alfonsina o Juana o sor Juana
Inés, Güiraldes.Ramón o Cansinos, Ortega o Unamuno, Huidobro, Vallejo, Larrea, qué
sé yo ... Y no sólo los del gremio, también Carlos Gardel y el tango, los médicos
uruguayos que empezaron a salvarme la vida, los futbolistas españoles con los que hice
el viaje y salí a las canchas bonaerenses, e Ignacio Sánchez Mejías, Rey Pastor, mi casi
pariente Ponciano y sus biógrafos, y las lecturas raras y preciosas y las visitas a
Avellaneda y a los cementerios y los viajes a Córdoba y a Tucumán. La otra vida
entrándose a raudales por todos mis poros y resquicios.
Pasan los años y llegan los últimos encuentros con las visitas de Borges a Gerardo en
nuestras vejeces, él creciendo en su prosa, más hispánica que nunca, y descubriendo
para estupefacción del mundo nuevos continentes y archipiélagos de matemática,
ficcionada imaginación. Yo, más fiel cada día a mis manantiales espontáneos y
artesianos pozos, siempre buscando la verdad, la sencillez, abrazando indisolubles el
recuerdo y la aventura.
Cuando los premios literarios se otorgan con buena voluntad y honestidad de
procedimiento, según es lo normal -y puedo asegurarlo porque tengo una larga
experiencia como miembro juzgador en juntas, certámenes y deliberaciones- suelen
traer beneficios en los que no se piensa al convocarlos. Tal ha sucedido ahora al emular
al "Miguel de Cervantes", el "Ollin -y la Ollyntzin", que acaba de fundar la "Grandeza
Mexicana". Y aplico este título que une a España, México, Jamaica, Puerto Rico en un
verdadero símbolo de imperio. Cierto: México es una república, pero por su caudalosa y
creciente población, la de más elevado índice de nativos; por la fabulosa superposición
de culturas, etnias y ritos religiosos y fecundidad de mestizajes es, merece ser, un
legítimo imperio, y prefiero esta palabra a los debatidos binomios y polinomios que
tanto se prestan a confusiones e injusticias: indoamearicanos, hispanoamearicanos o
americohispanos, latinoamericanos. O a las abreviaturas no menos embrolladas o
embrollantes -Iberia, Indianidad, Latinidad, etc.
- 4 -
El nuevo premio que apenas anunciado ya augura otras siembras repercutidas en
diferentes países, también rebosantes de ansias de elevación y orgullosas de sus siglos
de creación literaria y de sus legendarios abolengos.
Óptica y ética hogareña o universal darán, deben dar, deben seguir dando, en manos de
escritores poéticos y literarios, parejos y felices resultados durante nuestro fin de siglo y
en siglos venideros.
Si no se ha roto ya la unidad del castellano y la amenaza de resquebrajaduras no ha
conseguido ahondar hasta el despedazamiento hablas y literaturas de ulterior y siempre
ardua federación intestina, ¿por qué los que trabajamos en nuestra común heredad no
vamos a seguir el ejemplo de años, generaciones y pueblos que supieron conciliar la
pluralidad con la libertad unitaria y la circunstancial pelea con el decisivo abrazo?
Hagamos, con nuestro tesoro milagroso, nuestra lengua universal, lo que ellos, los
humildes, supieron con todo su corazón obrar gracias a su fe patria, su respeto a los
mayores, su cariño a los párvulos y su liberal comprensión a las nuevas mocedades.
Y para ello no nos estrechemos a los ritos ambiciosos de la altísima poesía. También la
prosa libre demanda nuestro esfuerzo y hoy comprendemos mejor que no es sino otra
forma de poesía, y una y otra son y deben llamarse Literatura.
Para ello nada mejor que contemplar la breve historia de cuatro años y cinco premios
que, restando uno, quedan también en cuatro. El arco que se levanta en curva airosa y
elegantísima de Jorge a Jorge, de Guillén a Borges, pasa por los irisados reflejos y
constelaciones de Alejo Carpentier y Dámaso Alonso. Sería difícil que en las
cosmografías de cualquier otro premio anual se pueda aislar otro segmento parejo en
cuatro promociones de arranque empalmado. El verso y la prosa dominados a la par con
maestría e inspiración abarcan y definen lo que llamamos Literatura, Poesía, Novela,
Teatro, Creación Lingüística y Estilística Crítica. Sí. El Premio Miguel de Cervantes
mantiene su gallardía y su prestigio con sus cuatro dianas, de norte a sur, de oriente a
occidente. Toda la exigencia y la limpieza de la más encumbrada Literatura. No podría
ostentar otro nombre el nuevo premio.
Por decirlo en una sola frase más o menos acertada, en su simbolismo provisional, fruto
de la intuición más que del estudio, Cervantes se alzó con la monarquía del idioma por
un puro azar de simpatía. Otros le superan en esto o en lo otro. Ninguno le alcanza en la
virtud de congraciarse inmediatamente con el ánimo de cada lector, de hablarle -y sentir
el lector que es así- de tú a tú, de corazón a corazón. Y por eso su lengua es ya hoy de
todos y se ha convertido en el campo donde convergen americanos y españoles, poetas y
eruditos, innovadores y arcaizantes, académicos y rebeldes, seguros todos de hallar en
ella el ejemplo de la medida de la audacia, del gusto por la fantasía y de la sinceridad en
el humor.
Y no es que el idioma español haya de anclar inmóvil en la rada cervantina o en la bahía
de nuestro revuelto siglo. Sin duda, navega y navegará alejándose cada día más de la
lengua de Cervantes. Pero pensamos, y creo que con razón, mirando hacia atrás, que las
nuevas rutas seguirán siempre el mismo norte marcado por la imantación de aquel piloto
genial. En efecto, si Cervantes nos dejó ejemplo de conducta con el heredado idioma, lo
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hizo no por vía de cristalización, sino de libre, abierta y generosa fluencia, desdeñosa de
menudos escrúpulos dramáticos, y alegre y nueva de movimientos y desembarazo. Así
debemos escribir siempre españoles e hispánicos, reflejando en nuestra andadura
literaria el modo resuelto, bizarro y noble de nuestra marcha por los caminos del mundo.
Lengua de Cervantes, modelo de Palmas o Montalvos, como de Valle-lnclán y
Unamuno, o de Martí, Rizal o Darío. Lengua de Cervantes, semilla ayer y hoy árbol
gigantesco cuya sombra nos ampara y reúne hermanando continentes y océanos. En ella
nos encontramos siempre y nos encontraremos y, siguiendo su estilo, con ella nos
salvaremos en la eternidad del espíritu.

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